A modo de prólogo. La plebe y su autonomía

El azote de la plebe- portadaLes anuncié, hace cosa de un mes, la aparición del libro de Sergio Sánchez Collantes, El azote de la plebe.

A la espera de que el libro llegue a las librerías, les dejo el prólogo que escribí y les recomiendo que, no por el prólogo sino por el contenido el trabajo de Sergio, se hagan con un ejemplar pulsando sobre la imagen que acompaña este post.

 

 

Permítanme, lectores, que abra las páginas de este nuevo libro del magnífico historiador que es Sergio Sánchez Collantes, que aborde la labor de escribir una breve nota introductoria, cuya finalidad es la de animarles a seguir adelante, con un juego. Que con ustedes empiece, en cierta medida, jugando con las palabras que el autor ha usado para el título del mismo.

 

Reléanlas: El azote de la plebe. La plebe, ¿sujeto activo o pasivo? ¿Elemento furioso e irascible o, por el contrario, sumiso y paciente? La plebe, por serlo, sufre azotes y de ellos –de una parte significativa de ellos- se ocupa el presente estudio. Nos lo aclara en el subtítulo: quintas y consumos. De eso se ocupa el volumen, de esas exacciones, de esos abusos y flagelos y de las maneras plurales como el actor colectivo popular que las padecía, en la Asturias del siglo XIX, les hace frente.

 

Ahora bien, como tendrán ocasión de comprobar al llegar al final del presente volumen, en ocasiones es la misma plebe la que alcanza a convertirse, organizándose y protagonizando manifestaciones y motines, en un genuino azote. No les quepa duda: la plebe es un azote. Ahora bien, sólo, eso sí, cuando se enfrenta a los procesos de exclusión y de dominación de los diversos y plurales patriciados que se alzan sobre sus espaldas, que viven de su sudor, que obran en nombre de reyes, religiones, naciones o imperios. La plebe es un azote cuando se alza compacta, aunque sea por momentos, ante aquellos que no ven en el pueblo consciente de sus derechos, o en el ciudadano autónomo, más que un riesgo para sus privilegios, seculares o de reciente implantación. La plebe, concebida a la manera jacobina o forjada según el criterio del Francisco Pi y Margall de mediados de la antepasada centuria en tanto que sujeto colectivo que surge del pacto libre entre ciudadanos-productores, es azote cuando se levanta e impugna a sus verdugos. Lo es cuando se redime, cuando alcanza su autonomía. Como nos recuerda el filósofo Nicolás González Varela, la autonomía es, esencialmente, un saber práctico: el de elegir el propio bien[1]. A menudo, para no exagerar, el propio bien se encuentra en el bien común.

 

El antónimo de autonomía, para seguir con el mismo tipo de razonamiento del párrafo anterior, no es otro que la heteronomía. Dice el Diccionario de la RAE que tal cosa es la “condición de la voluntad que se rige por imperativos que están fuera de ella misma”. El heterónomo es, en consecuencia, aquel individuo, o bien aquel colectivo social, “que está sometido a un poder ajeno que le impide el libre desarrollo de su naturaleza”. En Asturias, como en toda España y por extensión en todo nuestro ámbito social, económico, político y cultural, la plebe ha conquistado la autonomía lentamente. Muy a menudo para volver a perderla.

 

Al fin y al cabo, la historia de las sociedades contemporáneas, y en ella los anales de las clases subalternas, ha sido, por ahora, la de Sísifo. Recuerden el mito clásico, el que se cuenta en la Odisea, aquel de un rey castigado en el inframundo -al que se había negado a volver tras ser liberado temporalmente del mismo- a una pena sin fin: la de empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, para, justo antes de alcanzar la cima, que esa piedra se le escapase y rodase, de nuevo, a la base de la colina. El sujeto colectivo al que designamos como plebe, integrada por asalariados y gentes que no lo son, se agrupa, pelea. Es en estos combates, practicando estas resistencias específicas y cooperativas, a ras de suelo y juntos y juntas –pocos historiadores varones he encontrado que de manera tan reflexiva y pertinente hayan incorporado el papel autónomo (una vez más) de la mujer en el combate político y social-, consecuencia de la experiencia concreta que, en ocasiones, se produce entre esas clases populares la percepción de que es posible, y hasta deseable, la transición a una sociedad más igualitaria, a una democracia republicana que, en algunos casos, llega a confundirse con alguna forma de democracia socialista.

 

Espléndidamente traída a cuento por el autor de esta obra de historia social de altos vuelos, la cita inicial de Babeuf asocia, como sólo podía hacerlo el republicanismo plebeyo, el concepto de democracia a un ejercicio previo, participativo, del pueblo. Un ejercicio que permitirá establecer unas instituciones orientadas al bien común, a la felicidad de todos, al bienestar del pueblo soberano. Sin embargo, las tesis de Babeuf son nociones de, y para un, combate. Aquél que se desenvolverá en el mundo que surge de la transición al orden liberal, el presidido por el ordenamiento de los estados-nación innatos al funcionamiento de un universo burgués que se encuentra, no sólo en España, alejado del ideal de quien había dado vida, junto a otros, al manifiesto de la conjuración de los Iguales.

 

De la capacidad del combate contra las quintas y los consumos para unificar la experiencia de sectores sociales diversos que en sus relaciones laborales o de vecindario podían tener vivencias completamente distintas tratan muchas, y acaso las para quien firma esta nota, de las más sugerentes páginas de un libro debido a la pluma y la labor largo tiempo callada de un historiador, Sánchez Collantes, que define con elegancia, claridad y rigor las problemáticas que aborda -la conscripción  y las tasas orientadas a gravar el consumo de productos básicos para la subsistencia-, los actores que las protagonizan y el sentido último que todo ello para intentar aproximarnos de manera siempre renovada a la historia social de la Asturias, la España y la Europa del siglo XIX. Sánchez Collantes se mueve con habilidad en un terreno movedizo. Con habilidad, que no con malicia o doblez. El matiz no es baladí. Es, en última instancia, lo que define a la buena práctica historiográfica. Creo.

 

Ángel Duarte

 

[1] https://www.academia.edu/5277754/_Autonomia_la_coleta_del_Baron_de_Munchhausen_por_Nicolas_Gonzalez_Varela

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